De Faraday a la neuromodulación moderna: historia de la estimulación magnética transcraneal
Un recorrido por los hitos que llevaron del electromagnetismo a los protocolos modernos de estimulación cerebral.
La estimulación magnética transcraneal reúne casi dos siglos de descubrimientos. Su historia comienza mucho antes de que existieran las neuroimágenes y los dispositivos actuales: empieza con una pregunta básica sobre la relación entre magnetismo y electricidad.
1831: la base física
Michael Faraday describió la inducción electromagnética en 1831. El descubrimiento mostró que un campo magnético cambiante puede generar una corriente eléctrica. Ese principio se convertiría, muchos años después, en la base física de la estimulación magnética del sistema nervioso.
Durante gran parte del siglo XIX y del XX hubo experimentos con electricidad y magnetismo, pero faltaba la tecnología necesaria para estimular el cerebro de forma focalizada, controlada y tolerable.
1980: activación de vías motoras
A comienzos de la década de 1980, los trabajos de Merton y Morton mostraron que era posible activar vías motoras mediante estimulación eléctrica aplicada sobre el cráneo. La demostración fue importante, aunque el procedimiento resultaba incómodo y tenía limitaciones prácticas.
1985: el primer dispositivo moderno
Anthony Barker y su equipo, en la Universidad de Sheffield, desarrollaron en 1985 un dispositivo capaz de estimular la corteza motora mediante una bobina magnética. Al provocar movimientos en los músculos de la mano demostraron que se podía influir sobre la actividad cerebral de manera no invasiva.
La técnica comenzó como una herramienta de investigación. Permitía estudiar la relación entre regiones cerebrales y respuestas motoras, además de explorar la conducción de las vías nerviosas.
Década de 1990: de la exploración al tratamiento
La repetición de pulsos abrió una nueva etapa. La estimulación magnética transcraneal repetitiva podía producir efectos que se extendieran más allá de un único estímulo. Distintos equipos empezaron a investigar su uso en trastornos psiquiátricos, especialmente en la depresión resistente.
El foco se trasladó hacia regiones prefrontales relacionadas con el estado de ánimo. La pregunta dejó de ser solamente qué función cumple una zona y pasó a incluir cómo modificar terapéuticamente la actividad de una red.
2008 y 2018: expansión clínica
La autorización regulatoria para determinados usos en depresión impulsó la incorporación de la EMTr a la práctica clínica. Años más tarde se sumaron protocolos para el trastorno obsesivo-compulsivo y continuó la investigación en otras condiciones.
Imágenes, neuronavegación y protocolos acelerados
La resonancia magnética funcional y otras herramientas permitieron observar redes cerebrales con mayor precisión. La neuronavegación hizo posible localizar blancos individualizados, mientras que nuevos patrones de estimulación buscaron reducir la duración total del tratamiento.
En ese contexto surgieron protocolos acelerados como SAINT, que concentran varias sesiones en pocos días y utilizan criterios de focalización más personalizados.
Una historia todavía en desarrollo
La evolución de la EMTr muestra cómo un principio físico se convirtió primero en instrumento de investigación y luego en una modalidad terapéutica. El camino continúa con nuevas frecuencias, mejores sistemas de localización y estudios destinados a comprender qué protocolo conviene para cada persona.
“Nueva esperanza para la depresión resistente sin tomar medicamentos” recorre esta historia y explica cómo los avances fueron dando forma a la neuromodulación actual.
























